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Heberto Padilla
Nota del editor Web: Estos dos escritos, uno de la
distinguida escritora y amiga Zoé Valdés, y otro de la colega revista Cuba
Nuestra, explican la importancia y la tragedia de Heberto Padilla, uno de
los mas grandes poetas de la lengua española en el Siglo XX, tristemente célebre
por ser objeto de un caso brutal de represión por parte del gobierno castrista.

(Zoé Valdés y Heberto Padilla en Berlín, 2005)
Heberto Padilla: delito de poeta
(por Zoé Valdés)
El autor de El justo tiempo humano y de Fuera del juego, este último uno de los
más célebres poemarios escritos en el siglo XX, falleció el pasado día 25 en
Auburn State University, en Alabama, donde impartía clases como profesor de
Literatura Latinoamericana. Heberto Padilla es uno de los más grandes
protagonistas de la poesía contemporánea cubana y se convirtió en el año 1968 en
el primer escritor denigrado en forma contundente por las autoridades del
régimen castrista, a raíz de su participación en el concurso Julián del Casal de
la Unión de los Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) con Fuera del juego.
Acusado y atacado oficialmente de escribir literatura contrarrevolucionaria,
tenía como enemigos principales a tres personajes: Luis Pavón, un teniente al
mando de una publicación militar llamada Verde Olivo, puesto allí por Raúl
Castro, quien a su vez ordenaba las grabaciones de las lecturas poéticas de
Padilla para fomentar pruebas que permitieran destruirlo. El tercer enemigo y el
más aplastante era Fidel Castro.
Los jurados del concurso literario -José Lezama Lima, José Zacarías Tallet,
Manuel Díaz Martínez, el inglés J.M. Cohen y el peruano César Calvo- fueron
interpelados por la Seguridad del Estado y sobre ellos cayó el peso de un poder
empecinado en evitar que Padilla fuera premiado. Las manipulaciones salpicaron
incluso a Nicolás Guillén, presidente de la UNEAC, entre otras personalidades.
El libro fue publicado, pero el galardón no fue concedido. Desde aquel instante,
el poeta vivió en la más terrible de las pesadillas: persecuciones, vigilancia
extrema y acusaciones viles de conspirar en contra de Castro junto al novelista
chileno Jorge Edwards, diplomático en La Habana bajo el Gobierno de Salvador
Allende y considerado entonces persona non grata. También lo relacionaron con el
periodista y fotógrafo francés Pierre Golendorf; se suponía que ambos eran
colaboradores de la CIA. Golendorf pasó sus buenos años en la cárcel antes de su
devolución a Francia.
En 1971, la policía allanó la casa del poeta; destruyeron cuanto pudieron,
llevándoles detenidos a él y a la que entonces era su esposa, la escritora
Belkis Cuza Malé. Este hecho ha trascendido a la historia de la represión
castrista como el caso Padilla. Hecho que dio lugar a que figuras relevantes de
la cultura mundial rompieran con el Gobierno represor de la isla, entre ellas
Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Mario Vargas Llosa, Octavio Paz, Susan
Sontag, Juan Goytisolo, Federico Fellini, Marguerite Duras, Alberto Moravia.
Otros 72 artistas y escritores levantaron su voz en contra del sangriento
totalitarismo caribeño.
Padilla había profetizado su destino con los versos del poema que da título al
libro: ¡Al poeta, despídanlo! / Ese no tiene aquí nada que hacer. / No entra en
el juego. / No se entusiasma. / No pone en claro su mensaje. / No repara
siquiera en los milagros. / Se pasa el día entero cavilando. / Encuentra siempre
algo que objetar...
Sufrió las huellas indelebles de la cárcel cubana; para colmo, mientras se
hallaba en prisión, una carta con su nombre a modo de declaración de
arrepentimiento y de delación de sus colegas dirigida al Gobierno revolucionario
comenzó a circular misteriosamente por La Habana. Días después, Padilla hubo de
realizar un acto autoinculpatorio de su persona, es decir, repetir de manera
exagerada el contenido sospechoso de la carta. Así se vio obligado a la farsa
truculenta; bajo amenaza policial, debió criticar su propia actitud y denunciar
a sus compañeros; tuvo que reconocer públicamente sus «errores», a la manera de
los peores juicios estalinistas de la historia del comunismo. Los escritores
mencionados por él debieron imitarle. Manuel Díaz Martínez lo cuenta: «Para mí,
el problema era que yo no sabía de qué acusarme». Y esas autoacusaciones se
hicieron públicas en la noche del 17 de abril de 1971. Heberto Padilla salió al
exilio hacia Estados Unidos por razones humanitarias y políticas en el año 1980.
Hace un instante, colgué el teléfono con Belkis Cuza Malé; me dice que «él nunca
consiguió recuperarse de aquello, jamás pudo curarse de semejante espanto,
sufrió en silencio hasta el último minuto».
En el año 1982 yo me hallaba en una clase de la Facultad de Filología de la
Universidad de La Habana, no sé qué bicho me picó y me levanté para pedir a la
profesora que nos aclarara las nebulosas alrededor del caso Padilla. La mujer
palideció, empezó a gaguear y a muequear, finalmente me expulsó de la clase como
primera advertencia; luego me expulsaron de la universidad. En 1995 conocí al
poeta en Berlín; era un hombre cansado, pero luchaba por mostrar vivacidad, nos
abrazamos e incluso bromeó con su situación de conferenciante itinerante. Hoy,
frente a la evidencia de la muerte de un inmenso poeta acosado, lacera que el
mundo olvide cínicamente los crímenes de Castro en beneficio de sucios negocios.
Intelectuales y artistas le hacen el juego al dictador en ese abre y cierra
cíclico que mantiene desde hace 42 años para despistar al mundo de sus
barbaridades. La apariencia de apertura cultural y política, los guiños
económicos al extranjero son todos mentira pura. Los viajes de escritores y
artistas cubanos pagados por el régimen para dar una buena imagen en
coordinación con mercaderes de la dignidad es pura astucia, mediocridad y
colaboración explícita. Nunca he visto un restaurante latinoamericano en París
luciendo una foto de Pinochet, me repugnaría verla; sin embargo, debo soportar
montones de fotos del Che en las paredes de restaurantes parisinos de moda, la
aburrida imagen del guerrillero que, por no dejar de fusilar, fusiló hasta a
adolescentes por la espalda, sin contar la paradoja de que fue uno de los
artífices de la miseria de mi país cuando fue ministro de Industria. ¿Cómo
tragar un bocado de comida frente a su foto si hoy miles de niños no tienen un
pedazo de pan que llevarse a la boca, y muchos de mi generación quedaron
huérfanos por su culpa?
El ser humano Heberto Padilla fue despedazado por la dictadura. No así su
poesía, que después de 33 años conserva más actualidad que nunca:
Instrucciones para ingresar en una nueva sociedad. Lo primero: optimista. / Lo
segundo: atildado, comedido, obediente: / (Haber pasado todas las pruebas
deportivas). / Y finalmente andar. / Como lo hace cada miembro: / un paso al
frente, y / dos o tres atrás: / pero siempre aplaudiendo.
No sé si este texto de dolor ante su desaparición física tendrá sentido. A muy
pocos les emociona en estos tiempos la muerte de un poeta, mucho menos si se
trata de un cubano exiliado. Confío en que existan personas que no crean
solamente que los cubanos debemos ser esclavos, o que debemos morirnos en el mar
intentando alcanzar la libertad. Acérquense, por favor, a la obra de Heberto
Padilla y conocerán la verdad del injusto tiempo humano que le tocó vivir.
Heberto Padilla: Dentro del Juego
(publicado en Cuba Nuestra, 2006)
Heberto Padilla es mucho más que un poeta. Es un mito aún por descubrir. Es una
tesis para la vida que ha quedado postergada entre sus textos. Un hombre de su
tiempo que a pesar de los avatares, siempre estuvo "dentro del juego" de los
destinos capitales de su época y su generación
Heberto Padilla es mucho más que un poeta. Es un mito aún por descubrir. Es una
tesis para la vida que ha quedado postergada entre sus textos. Un hombre de su
tiempo que a pesar de los avatares, siempre estuvo "dentro del juego" de los
destinos capitales de su época y su generación.
El novelista chileno Jorge Edwards lo describe como un hombre nervioso, eufórico
e incisivo; Pío E. Serrano habla de su generosa humanidad, su conversación
reflexiva y coherente; según el poeta Raúl Rivero, era un loco fuera de tiempo
porque ahora todo el mundo está de acuerdo con él. Nedda G. de Anhalt dice que
Padilla encarna la dialéctica de su propia poesía: pletórica de fibra, brío y, a
la vez, irónica, analítica e intrépida. Y todos coinciden en que para este
hombre no había razón mayor que los versos.
Mundano por naturaleza, controversial por excelencia, enorme en toda su magnitud
poética, Heberto Padilla dejó a la inmortalidad una exquisita obra literaria que
está más allá de cualquier conjetura. Desde Las rosas audaces, su primer
poemario a los 17 años en 1949, pasando por El justo tiempo humano en 1962,
Fuera de juego en 1968, Provocaciones en 1973, El hombre junto al mar en 1981,
Un puente, una casa de piedra en1998; sus dos novelas El buscavidas de 1963 y En
mi jardín pastan los héroes en 1986 y su ensayo autobiográfico La mala memoria
en 1989, Heberto Padilla estableció un contundente compromiso con su tiempo
real, dándole al hombre el lugar que le correspondía en el propio contexto de
las circunstancias.
Durante la entrevista que le hiciera Cristian Huneeus en el invierno habanero de
1971, Padilla dejó clara su posición respecto al mensaje de su poesía. «Existe
un mundo al cual hay que persuadir de alguna manera, llevar por el camino que
nos interesa. Pero también existe un mundo al que hay que decirle cómo es ese
camino» Y eso fue lo que se propuso siempre, decir sus verdades, sus
inquietudes, sus pronósticos del futuro.
Eso lo convirtió, de la noche a la mañana, de virtuoso intelectual en apestado
social, en hereje ideológico, en paria. Su poemario Fuera de juego, premiado en
el Concurso Julián del Casals de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de
Cuba (UNEAC) por un jurado internacional en 1968, lo transformó, a los 36 años,
de poeta en traidor a un proceso político del cual evidentemente se había
desilusionado.
Heberto vivió su propio calvario entre 1968 y 1971 que colapsó con el histórico
mea culpas que le impusieron sus inquisidores en un angosto salón de actos
repleto de aterrados artistas e intelectuales cubanos, el 17 de abril de 1971.
Nadie levantó su mano o su voz a favor del poeta en desgracia, nadie dentro de
la isla tomó partido con su desventura. Solo el silencio y la complicidad más
íntima, fueron compañeros de viaje hasta su muerte muchos años después.
“El Caso Padilla”, como ha dado en llamarse este primer atisbo de disidencia
intelectual después de la Revolución cubana, plantea públicamente la
intransigencia oficialista contra cualquier opinión adversa. Corren tiempos en
una Europa socialista donde los intelectuales comienzan a manifestarse
abiertamente contra los sistemas totalitarios. Eugueni Evtushenko y Alexander
Solzhenitsin lo hacen en la Unión Soviética, Eda Kristova, Jan Patovka y Václav
Havel en Checoslovaquia y la Primavera de Praga sucumbe ante las bayonetas
soviéticas.
Justo en ese fatídico año de 1968, comienza la peor crisis para un Heberto
Padilla que después de haber viajado la mitad de mundo, de formar parte del
Consejo Ejecutivo del Ministerio de Comercio Exterior, haber representado a
Prensa Latina en New York, Londres y Moscú y ser galardonado por un jurado
internacional de poesía, se convierte en una pieza de caza para los
francotiradores ideológicos de una Revolución Socialista que no admite críticas.
La repercusión internacional no se hizo esperar. Más de cien importantes voces
se unieron en protesta a tamaña vejación. Jean-Paul Sartre, Octavio Paz, Mario
Vargas Llosa, Jorge Semprum, Julio Cortázar, Simone de Beauvoir, Hans Magnus
Enzenberger, Carlos Fuentes y Susan Sontang entre otros tantos intelectuales
protestaron enérgicamente por el arresto del poeta y marcó el temprano
alejamiento de muchos de ellos con el totalitarismo cubano.
Después vino un exilio forzado, su condición de conferencista itinerante, como
lo recuerda la escritora Zoe Valdés, sus aulas de Literatura Latinoamericana en
diferentes universidades norteamericanas y españolas, sus constantes recorridos
entre New York, Texas y Miami, donde entremezclaba en extraña alquimia a sus
mejores afectos y su pasión eterna: la poesía.
Se cumplirán seis años de su muerte el 25 de septiembre. Su corazón, demasiado
débil por los golpes de la vida y por las lejanías de una tierra que se le hacía
imprescindible en medio de sus silencios solitarios en Auburn State University
en Alabama. Unos estudiantes de su clase de Literatura Latinoamericana lo
encontraron muerto, en su cama, pero con el rostro sereno, como quien abandona
la vida complacido con su paso por ella. Una existencia que seguirá en la
memoria de todos, «…en mangas de camisa, -según cuenta Jorge Edwards- fumándose
un tabaco enorme, bebiendo un extraseco a la roca y hablando con asombro, con
burla, con lucidez implacable, de la Historia, con mayúsculas.»
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